La simiente de este número fue la búsqueda de un tema: queríamos que fuera nodal, que estuviera inserto en el corazón del psicoanálisis y de la Escuela. Sin explicitarlo, se hacía presente en cada texto que leíamos, en el modo de hacerlo y de transmitirlo durante nuestros encuentros. “Estamos causados” fue el chiste que surgió en una de las primeras reuniones; ¡eureka!: la Causa trazaba nuestro rumbo desde el inicio.
Por estar anclada en la política, la práctica y la episteme del psicoanálisis, la causa permite “la inmersión del sujeto en un medio que agita la falta de saber”. Bucear en el psicoanálisis de la Orientación Lacaniana, guiados por la transmisión de un saber encarnado y no-todo, el de Jacques-Alain Miller, nos Causa.
En estas páginas la política del psicoanálisis se despliega en dos direcciones en torno a la causa analítica: hacia el interior del psicoanálisis y la Escuela, y más allá de sus muros, con la Acción Lacaniana. Esto es fundamental ya que “el estancamiento de la extensión es correlativo del estancamiento de la intensión”.
Laura Sokolowsky advierte que el imperativo actual de subsumir la existencia al lenguaje de la razón y la ciencia produce un efecto masificante. Frente a esto, el psicoanálisis, como experiencia de palabra, introduce la diferencia y lo incomparable como un modo de resistencia y de defensa de la democracia.
Christiane Alberti elige el significante Consentimiento para, en un movimiento moebiano entre extensión e intensión, interrogar los matices de esa noción tanto dentro como fuera de la orientación analítica.
Con Gabriela Grinbaum aseveramos que el hacer por y para la Causa freudiana se sustenta en una Erótica: esa trenza con tres hebras –amor, deseo y goce– que habita en el interior de la Escuela. Emplazada en ese lugar femenino, la Escuela deviene causa si resuena con la causa propia.
La Causa freudiana, como Ideal compartido que hace Escuela, coexiste con la causa singular. Irene Kuperwajs sostiene que el hallazgo de esta última solo es posible en una experiencia que haga lugar a la contingencia y esté atravesada por el S(%), agujero en el saber.
En el Después del pase de Silvia Salman se vislumbra con claridad el engarce entre la causa propia y la Escuela como causa. Por ello, J.-A. Miller, en su Comentario sobre este texto, afirma que No hay relación sexual, pero hay una relación con la Escuela. Ella lo plasma de un modo preciso: en ese deseo de impulsar una transmisión del psicoanálisis que cuenta con lo analizado, o sea, que incluye lo que se transformó a nivel de la pulsión.
También Ondina Machado lo vierte en sus enseñanzas al testimoniar que: el solo-risa es lo que queda del padre de lo cual pude servirme para liberarme del goce con la verdad y con el saber y, en consecuencia, poner mi propio goce a trabajar para la Escuela.
Esta mutación de goce trae aparejado un nuevo uso del objeto, tanto en la experiencia analítica como en la Escuela. En ambas experiencias el deseo del analista –esa amalgama entre deseo y goce– resulta central. En la escena analítica, Lacan lo sitúa como un operador lógico, a nivel del acto, ligado a la presencia del analista. Si éste se presta a encarnar el semblante de objeto, podrá ocupar un lugar particular en la economía libidinal del analizante –como lo señala Ricardo Seldes– y, desde allí, operar sobre el goce.
Mariana Gómez revela el punto real de ese deseo al precisar que conserva algo de innombrable y de impureza. Según sus palabras, consentir a soltar la partecita […] de goce hecho causa es consentir también a ese resto impuro, irreductible, del deseo del analista.
Ese resto incrustado en el parlêtre, real y fuera de sentido, se entrelaza de este modo con el sinthome y la causa real. Esta última forma parte, junto a la imaginaria y la simbólica, de una tripartición propuesta por J.-A. Miller. Tres dimensiones de la causa que no se sustituyen entre sí, sino que “establecen tiempos diferenciados en el curso de la experiencia analítica”. Los textos que conforman la sección La Causa indagan, desde diversos ángulos, en cada una de estas vertientes.
Graciela Brodsky interroga el estatuto de la causa en psicoanálisis para delimitar su especificidad y diferencia respecto al uso que de este concepto se hace en la filosofía y en la ciencia. Si en esas disciplinas la causa se concibe como el fundamento de un efecto, en psicoanálisis esa relación se vuelve desproporción: hay una ruptura entre causa y efecto, subraya Graciela. Luego, retomando una afirmación de J.-A. Miller: la relación causa-efecto es un prejuicio científico apoyado en el sujeto supuesto saber; indaga el impacto y las consecuencias sobre nuestra práctica.
J.-A. Miller sostiene que, por ser estructural, esa desproporción está presente en cada recodo de la experiencia analítica. Ese “fuera de ley” que salvaguarda el azar y la singularidad –tanto del lado del analizante como del analista– vuelve a nuestra práctica imposible de estandarizar.
En consecuencia, la problemática de La Escuela, el psicoanalista y sus garantías se asienta en una tensión ineludible entre la soledad del acto –en el que “el psicoanalista no se autoriza sino a sí mismo”7– y la dimensión del “algunos otros”. Este último término remite a la Escuela como garante del AME, pero también permite inscribir en ese horizonte al analista control.
Controlar no garantiza nuestra práctica, pero es la mejor apuesta que podemos hacer como practicantes. Cuando un analista hace uso del control –como lo trabaja Ricardo Seldes– y expone un punto oscuro de su praxis allí, pueden producirse efectos de control como efectos-de-formación, tal como lo desarrolla Mónica Gurevicz en su texto. Contingencias que cimentan Los pilares de la formación.
Con este volumen no pretendemos restringir la Causa a un mero trayecto teórico, sino que, al recorrer sus páginas, se destile una resonancia, un interrogante, un no-entender; que estas letras agiten las aguas de una formación y que despierten en ustedes, lectores, un deseo de saber, de leer y, por qué no, de escribir.